Con cerca de 2,26 metros, Zhang Ziyu se ha convertido en uno de los nombres más observados del baloncesto femenino. La altura impresiona, pero el verdadero desafío es convertirla en oficio.
En una cancha de barrio, cambiar la red exige taburete y equilibrio. Zhang Ziyu, en cambio, apenas estira el brazo y la deja caer con suavidad. La explicación entra sola por la puerta: hablamos de una altura fuera de escala, cerca de 2,26 metros. En baloncesto femenino, esa cifra no es un detalle, es un contexto entero. Y por eso su nombre se repite cada vez más, incluso lejos de China.

Los vídeos hacen lo suyo. Se ve un aro al alcance de la mano, una recepción profunda y una bandeja que parece sin esfuerzo. Esa parte es real. La trampa está en pensar que el juego se resuelve con centímetros. A nivel adulto, el partido no perdona: castiga los apoyos lentos, el equilibrio frágil y las rotaciones tarde. Una jugadora tan alta necesita dominar algo que suena raro pero es clave: hacerse “pequeña” en defensa cuando toca, bajar el centro de gravedad y moverse sin regalar faltas.
Del vídeo viral al oficio
El salto de “impacto visual” a “jugadora útil” se mide en detalles. La coordinación vale más que el gancho, sobre todo en cuerpos extremos. Por eso el trabajo serio empieza lejos del highlight: escaleras de agilidad, recepciones en movimiento, pases rápidos a una mano y cambios de dirección sin perder postura. Con esa estatura, cada ajuste técnico reduce un riesgo. También abre un mundo: si el cuerpo aguanta, aparece un proyecto de largo plazo, no una curiosidad de internet.
El reto no es solo atacar. En defensa, el baloncesto moderno obliga a convivir con el pick and roll y con transiciones constantes. Ahí se decide todo. Si la pívot llega tarde, el rival castiga con tiro. Si sale demasiado, deja la pintura vacía. El punto intermedio exige lectura, timing y comunicación. Es el terreno donde una jugadora “gigante” deja de ser gigante y pasa a ser una pieza dentro del sistema.
Cómo se juega con y contra una pívot que toca el aro
Para un equipo que la tenga, la idea es simple: crearle condiciones claras. Se necesitan espacios limpios en la pintura, esquinas abiertas y un pase alto que llegue rápido, antes de que la ayuda cierre. Conviene sellar profundo tras cruzar media pista y, si no hay ventaja, sacar y volver a postear. Forzar por imposición suele acabar en pérdidas. La eficiencia nace de lo básico: ganchos cortos, tablero, segundas opciones y, cuando el partido se aprieta, tiros libres que sostengan la ventaja.
Para defenderla, la fuerza bruta es un espejismo. Funciona mejor la geometría: negar línea de pase con frontales, meter ayudas por línea de fondo y obligarla a recibir lejos del aro. Luego llega el plan B: atacarla en pick and roll para que decida fuera de su zona de confort. El rival busca una cosa: que sus toques sean pocos, incómodos y cansados. Acelerar el ritmo también ayuda. En un partido rápido, la altura pesa, pero también la movilidad se vuelve moneda.
Lo que enseña su aparición
Zhang Ziyu recuerda algo elemental: el baloncesto es un juego de ventajas, pero el oficio convierte la ventaja en hábito. La altura impresiona, sí, pero no basta. En su caso, el interés real está en cómo evoluciona el paquete completo: lectura, equilibrio, salud y disciplina diaria. Si ese camino se cuida, puede ser un eje futuro para su entorno, y un espejo útil para muchas canteras que aún confunden “taponar” con “defender”.
Un detalle para mirar sin caer en la caricatura: los dos primeros pasos tras recibir. Si sella con la cadera, planta el pie interior y mantiene el espacio, el resto se vuelve simple. No hace falta espectáculo. Hace falta economía. Puede que no necesite saltar para anotar, pero cada canasta dice algo más que centímetros: dice paciencia, técnica y ese arte extraño de hacer fácil lo muy alto.





