Olores que se apagan poco a poco. La ciencia estudia cómo el olfato puede ofrecer pistas tempranas sobre la salud del cerebro.
El café de la mañana, el sofrito que anuncia la comida, el perfume que queda en el aire cuando alguien sale por la puerta. A veces esos olores familiares se vuelven más tenues o desaparecen. Lo atribuimos a mil cosas: cansancio, edad, un resfriado. Muchas veces es eso. Otras, conviene mirar el detalle con un poco más de calma.
El olfato no es un sentido “decorativo”. Es una vía directa hacia el cerebro y, por eso, puede convertirse en una señal temprana cuando algo cambia de forma persistente. No es un diagnóstico, pero sí puede ser una pista.
Las señales de los olores viajan desde la nariz al bulbo olfatorio y, desde ahí, a zonas profundas vinculadas a la memoria, como la corteza entorrinal y el hipocampo. Es un camino sin rodeos. Y ese detalle importa.
En la enfermedad de Alzheimer, algunas de esas regiones suelen verse afectadas de manera temprana. Por eso, un olfato que se apaga de forma gradual y sostenida puede actuar como “luz amarilla”. Antes que la memoria, a veces se nota el cambio en lo cotidiano.
Varios estudios han seguido durante años a personas mayores con pruebas sencillas de identificación de olores. La idea es simple: medir si se reconocen aromas comunes y observar qué ocurre con el tiempo. Un test barato y práctico puede aportar información valiosa a nivel poblacional.
En publicaciones clínicas se ha observado una asociación: quienes obtenían peores resultados en estas pruebas tenían más probabilidades de presentar deterioro cognitivo más adelante. Además, investigaciones con análisis de tejido cerebral han descrito hallazgos compatibles con el Alzheimer en zonas relacionadas con el olfato, lo que refuerza el vínculo biológico.
Aun así, el matiz es obligatorio: hablamos de un indicador de riesgo, no de una sentencia. Un mal resultado no confirma Alzheimer, y un buen resultado no lo descarta. Señal no es destino.
Perder olfato unos días por un catarro, alergias, COVID-19 o problemas nasales es frecuente. También pueden influir el tabaquismo, ciertos fármacos o un ambiente muy seco. Lo habitual es recuperarlo cuando la causa se resuelve.
Preocupa más una disminución gradual que se mantiene durante meses. “Todo huele menos”, cuesta identificar el café, el pan recién hecho, el jabón de ropa o la colonia de siempre. Incluso en ese escenario hay muchas causas posibles. No toca alarmarse, ni mucho menos autodiagnosticarse.
Esta línea de investigación ayuda a detectar antes a personas que podrían beneficiarse de seguimiento. También mejora el diseño de ensayos clínicos y abre la puerta a pruebas accesibles, baratas y no invasivas. La prevención empieza temprano, y a veces empieza con señales pequeñas.
Al mismo tiempo, estos estudios suelen recordar algo importante: cuidar el sueño, la salud cardiovascular, la actividad física y el bienestar general se asocia con un cerebro más resiliente. No es magia. Son hábitos que suman y que tienen sentido más allá de una sola enfermedad.
Si los cambios son persistentes, lo más sensato es comentarlo con el médico de familia. Puede valorar causas otorrinolaringológicas, revisar medicación y, si procede, derivar a neurología. Mejor consultar que adivinar.
En casa, sin obsesionarse, se puede “tomar el pulso” una vez al mes con aromas conocidos: café, vinagre, chocolate, una fruta madura. Si algo no encaja y se mantiene, conviene anotarlo y consultarlo. Rutina simple, sin drama.
Al final, no se trata de adelantarse a nada, sino de escuchar. El futuro de la investigación pasa por señales tempranas como el olfato, pero la prevención cotidiana se construye con observación, información fiable y acompañamiento profesional. Cuidarse también es notar lo pequeño.
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